La vida será más hermosa

Por Bernardo López Acevedo
Claridad, marzo 1976

Lacerada, el alma se aferró a la fe que cultivó por años y solo entonces pudo la voz del padre brotar dolidamente firme. La aflicción general fue solo superada por asombro. En ese justo instante el llanto se mudó de ropas. De negras a verdes, de verdes a rojas. El viejo cementerio fue testigo: "La luz se impone, la inocencia brilla". El amor al futuro, la segura esperanza del mañana, la convicción sublime de lo bueno fueron trocando, quedos, el dejo de amargura de la gente. Habló por todos: "Ya a nosotros no pueden causamos un dolor mayor". El abatimiento huyó del camposanto. "Agotaron todos sus recursos". El hombre-portavoz pisó la muerte. "Ya no tienen en sus manos una manera de golpearnos más hondo". El corazón se asió a lo eterno, a la vida de aquí, de estos hombres de esta tierra, a lo justo, a lo infinitamente superior al ahora, a la luz de mañana segura y próxima.

Son otros los que salen del cementerio. Otro padre, otra madre, otra hermana, otro hermano, otro abuelo, otra gente. El dolor es el mismo, pero ha ocurrido un cambio recóndito y profundo ¡Hermosa transformación de las emociones! La muerte no pudo oír una canción de cuna musitada, ni el viva Puerto Rico libre desgarradoramente cierto: Jamás un cementerio estuvo tan colmado de vida y de futuro. "Y nuestro único compromiso es transformar el martirologio en heroísmo". El hombre y la muchedumbre desafiaron así ¿qué? Todo. Todo lo falso, todo lo injusto, todo lo absurdo quedaba en entredicho para siempre hasta la hora del Hombre por la que lucha el Hombre desde siempre, llorando a veces.

"Lloramos nuestros muertos mientras afilamos los machetes." "No es la venganza lo que puede
animar los corazones de seres tan hondamente heridos, que no podrían satisfacerse con un sentimiento tan banal, pequeño y mezquino como la venganza". Es la justicia. Es que le han ido cerrando puertas a la justicia, aprisionándola, aherrojándola y ya, hay que decirlo, no hay otra salida. Decenas, cientos, miles, millones de hombres esperan por ella, claman por ella, sufren y mueren por ella. Ella, para todos, inspira a esa hueste taciturna que abandona el cementerio. La muerte ha sido burlada, amenazada casi por esa conjunción de vida y esperanza que anima a todos por esa convicción que no se abate. ¡A la que se le teme!

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Afuera el noticiero me sacude. Han acusado, dice, a un enfermo mental que haló el gatillo. Si lo
es, pienso, merece lástima. Cura y lástima, nada más. Si lo es fue instrumento, vehículo de algún
ruin, o algunos ruines, mil veces más enfermos que é1 mismo y otras mil veces más cobardes. Solo, la ruindad más vil haría a alguien valerse de un enfermo mental, si es que lo es. Solo la irracionalidad más enceguecedora y brutal haría tal cosa. Personas que hayan degenerado tanto como para usar a un enfermo para que haga lo que la cobardía no les permite a ellas, ésas si que no merecen lástima porque han echado por la borda su humanidad. Y la Humanidad debe preservarse depurándose. EI Hombre es lo que importa a fin de cuentas.

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A esa convicción temida es que se acosa con "golpes como nacidos de la ira de Dios". A esa humanidad grandiosa que labora y que piensa en el mañana es que se teme. Repercutirán esos golpes en las conciencias de otros hombres y mujeres. También en ellos se operará aquella trasformación conmovedora que impactó a todos los presentes cuando lacerada, el alma se aferró a la fe que cultivó por años y solo entonces pudo la voz del padre brotar dolida... y firme como siempre.

Después, la vida será más hermosa.